Los Oscars me dan ganas de vomitar

Se acercan los Oscars de Hollywood, la celebración del glamour por excelencia, donde las estrellas más in del planeta se congregan, embutidas en joyas y vestidos ultra-caros, para desfilar sobre una alfombra roja rodeada de flashes y un sinfin de fervientes admiradores.

Este año, al menos, y para alivio de muchos españoles, vamos a librarnos del típico pavoneo de Pedro Almodóvar, ya que ni tan siquiera ha sido nominado. Además de la paliza constante que esto supondría por parte de diversos medios de comunicación de este país.


Glamour, protagonismo… sólo de pensarlo me pongo brutote.
(el bajito del dúo sacapuntas más Jesús Quintero)

Quien sí ha sido nominada es Penelope Cruz, quien seguramente no se hará con la estatuilla, pero que por el el hecho de haber sido nominada vamos a tener que aguantar en decenas de reportajes.
Hoy mismo sin ir más lejos, he sido testigo de uno de esos repulsivos reportajes previos a los Oscars del estilo “¿qué llevarán las estrellas de Hollywood en los Oscars?”, y del cual tengo que destacar uno de los capítulos donde hablaban de los familiares de las estrellas y que dice mucho sobre el verdadero significado de estos eventos y el tipo de engendros que en ellos se concentran. En el mismo podíamos ver estrellas tan dispares como Keanu Reeves, Tom Cruise, Angelina Jolie o Jessica Simpson (¿y ésta de dónde sale?) acompañados por sus hermanos o padres.
Aunque por un lado tengo que decir que Keanu Reeves goza de mi simpatía, ya que no le importa dejarse ver en estas celebraciones acompañado de su poco agraciada hermana, por otro, me huelo que lo más común es hacer algo parecido a lo que hizo la tal Jessica Simpson, quien incapaz de enfrentarse a la vergonzosa experiencia que le debía suponer exhibir a un padre viejo, arrugado y poco atractivo, decidió pagar una millonada para que le pusieran cara de SOPLAPOLLAS. Por lo visto Charlize Theron hizo lo propio con su progenitora.


¡Ahoda mi papá… mola! ¡jejej!

Creo que a nadie le puede caber la menor duda viendo este tipo de reportajes, que estamos ante lo que podríamos denominar: la celebración mundial del pijismo, donde el cine es lo de menos y lo más importante es concentrar al mayor número de egocéntricos por metro cuadrado, al tiempo que dejan entrever aquello que la industria de Hollywood (como su propio nombre indica) nunca ha dejado de ser, un negocio de pura imagen y mercadotecnia, y nada más.

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Pallús, the adventures

En este post nos dedicaremos a ir más allá en cuanto a la figura del bueno de Pallús, centrándonos en algunas de las historias más sobrecogedoras protagonizadas por uno de los personajes más extraños de entre todos los personajes extraños que he conocido. Un tipo excesivamente retraído cuando está sobrio, y alarmantemente peligroso cuando se encuentra ebrio.

Nada le haría sospechar jamás a su família ni a su círculo de amigos que este grandote aficionado a los “coquets” (bizcochitos) de la mama, poco dado a las salidas nocturnas y con cara de no haber roto un plato acabaría en un pozo sin fondo de delincuencia y excesos provocados por el abuso de alcohol y sus no muy recomendables influencias.


La siempre inexplicable e inquietante mirada de Pallús.

Todo empezó una noche de verano en Salou. Aparcamos el coche, y nos disponíamos a hacer un botellón cerca de la playa. Gaikel empezó a servir el vodka con limonada uno a uno, hasta llegar a Pallús que, con su acostumbrada mirada distraida, se mostraba algo reacio a emborracharse como el resto.
–Trae el vaso Pallús –Gaikel empieza a llenar el vaso
–¡Vale, vale, ya está! –exclama Pallús, cuando Gaikel siquiera había llenado la mitad del vaso.
–¿sólo esto? Anda toma, bebe, que es por tu bien –Gaikel le llena el vaso hasta rebosar, cargándolo con máz vodka de lo habitual.

Y nació la mítica frase “bebe, que es por tu bien”, que, para postre, daría paso a la particular debacle de Pallús.
Aquella noche, entre saludos bastante salidos de tono a las chicas que pasaban por allí, del tipo: “ei guarra hola! ahahaha”, y la caída de morros contra la arena de la playa mientras se reía a carcajadas, salió a relucir el verdadero Pallús que llevaba dentro pero que nunca antes había mostrado al mundo debido a su principio de autismo, y nacía, además, en el seno de The Mamotretos su verdadera estrella, la misma que en un futuro acabaría adoptando el sobrenombre de “Lluspa” (Pallús con las sílabas invertidas) como homenaje a su doble conducta, bastante común entre los psicópatas.
El mito de Pallús, sin convertirse en Lluspa, es decir, sin beber, también fue creciendo por otro lado. Pallús, además de una amenaza pública, se convertía en uno de los delincuentes de menor monta buscados por la ley, ya que -como he manifestado al principio- otra de las cosas que ayudaron a provocar el particular descenso a los infiernos del bueno de Pallús fue su círculo de amigos, especialmente su “mejor” amigo Gaikel, quien comenzó a introducirlo en una espiral de continuos fraudes a través de Internet (usando la cuenta corriente de su padre, y no la suya o la del propio Gaikel, lo cual por otro lado da muestras del limitado intelecto de Pallús), falsificación de billetes sirviéndose de su impresora casera, y contribuciones de forma obligada a las continuas gamberradas de sus amigos, y que él, por cierto, casi siempre se negaba a realizarlas. Pallús, por ejemplo, solía actuar de improvisado chófer, y sirviéndose del coche también de su padre, cada vez que sus amigos decidían llevar a cabo alguna gamberrada, provocando que sobre el bueno de Pallús (bueno, más bien sobre el bueno de su padre) cayeran todo tipo de denuncias. Hasta que al fin sus padres, en un alarde de pallusismo al estilo de su hijo, decidien intentar poner fin al problema dejando a su hijo sin Internet. Que ya me explicaréis… qué tendrá que ver una cosa con la otra. Eso sí, más tarde, al ver que ésta no era la solución, los padres de Pallús deciden buscar el remedio definitivo limitando las salidas de su hijo. Pero aún así, Pallús no dudó en haces caso omiso a sus padres y volver a actuar una y otra vez.
Por ejemplo, se nos ocurrió hacer una sección voyeur para la web que teníamos, y pusimos a prueba, una vez más, hasta donde llegaba el desconocimiento sobre las diferencias entre el bien y el mal del amigo Pallús, proponiéndole, medio en broma, una serie de filmaciones en los lavabos de mujeres de una discoteca a la que acudiríamos, y éste fue el pallusil resultado.

Pero el mundo pallusil daría lugar a muchas otras grandes anécdotas. La mayoría protagonizadas por su alter ego Lluspa. Como la fuga en coche (esta vez el suyo propio, que por cierto le compraron sus padres seguramente para evitar que volvieran a denunciarlos por su culpa) que realizó a la vista de un control de alcoholemia, con parada del mismo Pallús en un semáforo en rojo incluida y gracias a la cual los Mossos d’esquadra pudieron rebajar distancias para finalmente detenerlo y sacarlo a punta de pistola, con la consiguiente gran frase pallusil para los anales:
–¿¡Estás loco o qué!?. ¿¡Qué haces apuntándome con una pistola!? ¡¡No ves que podrías haberme matado!!

Lo mejor fue que repitió esta frase durante todo el tiempo que duró la detención, y aprovechó la única visita a la que se tiene derecho durante la noche que se pasa en comisaría para, en lugar de avisar a uno de los amigos que habían salido aquella noche con él, citar al Mosso que lo había apuntado con la pistola, y de este modo continuar reprochándole su acción.
O el ya mítico momento en que después de pasar una noche de alcohol y fiesta en Benidorm, nos acostamos y al poco tiempo y sin venir a cuento, empezó a sacudirnos la tienda de campaña desde fuera mientras gritaba: “¿¡Qué!?, ¡os gusta!, ¿¡eh!?”. Por supuesto, salimos cabreadísimos de la tienda y con una piedra en la mano tras él. Al vernos, Pallús corría y se escondía como nunca lo había hecho, mientras gritaba: “¡¡Va, venid, va!!”, otra de sus incrongruentes frases para el recuerdo.

Y poco más que añadir, porque me temo que estoy haciendo este post algo largo. Sólo espero que al menos hayan disfrutado de lo lindo con algunas de las peripecias más sonadas del amigo Pallús, quien espero que en un futuro no muy lejano siga dejándonos perlas como éstas. Y os dejo con una de mis frases favoritas de nuestro personaje, surgida de la siguiente conversación.
–Ei Pallús, ¿vienes de putas?
–No –su amigo sorprendido ante la tajante respuesta de Pallús, un completo enfermo y asiduo a los clubes de alterne, insiste.
–¿por qué no?
–no sé… (típico silencio pallusil), lo encuentro frío.
(y se vuelve a hacer el silencio)

Ahora ya sólo me queda despedirme diciendo:
¡Larga vida al pallusismo!

Lauri y Jandro, la pareja perfecta

Jandro y Lauri son una pareja ejemplar. Algo así como la simbiosis perfecta, la compenetración hecha pareja. El sincretismo de dos personas convertidas en una sola.

Se conocieron hace años y desde entonces han pasado buenos y malos momentos, pero siempre juntos, uno al lado del otro. Jandro y Lauri hasta poseen una canción propia, a la que llaman: “nuestra canción”, aunque en realidad se trate de un conocido tema de David Bisbal. En el fondo, Jandro y Lauri están tan compenetrados que llegan a dar cierto repelús.
Sólo empezar la relación se abrieron una cuenta de correo común en hotmail, que aún hoy conservan y utilizan para chatear o enviar correos. Como no podía ser de otra forma, se han puesto: jandroylauri@. Desde entonces, cada vez que uno de ellos se conecta al messenger lo hace inevitablemente como “jandro y lauri” (están tan enamorados que incluso se olvidan de utilizar las mayúsculas en los nombres propios), acompañado en ocasiones del estribillo de alguna canción de moda a modo de coletilla, lo que provoca que cada vez que uno de los dos entra, nunca sepas con exactitud a quién de los dos debes dirigirte; aunque, si nos paramos a pensar, Lauri y Jandro ya no son dos personas, sino una sola. Como puede observarse perfectamente gracias al avatar de su ventana privada del messenger, donde aparecen el uno pegado al otro, como un monstruo de dos cabezas.


Lauri y Jandro se conocieron y el flechazo surgió.

Lauri es tan romántica y su relación tan especial, que ha decidido llamar como ellos a su blog personal lleno de fotos donde aparecen los dos, e imagenes con brillantinas que ensalzan su esplendoroso amor y su enorme felicidad.
Es probable que ahora esté pensando en un futuro hijo, al que llamará como su padre si es niño, y como su abuela si es niña. Incluso seguramente ya tiene elegidos mentalmente el carrito y la cuna. El traje de novia, por supuesto, ya lo tenía escogido desde hacía tiempo.

Mientras tanto, un pecaminoso Jandro sucumbe ante la humana tentación de masturbarse a escondidas con alguna película pornográfica mientras contempla con cara de excesivo vicio la escena. Lauri, sin embargo, sigue siendo la persona más enamorada del mundo. Aunque, tal vez, el día de su despedida de soltera tenga que tocar el torso desnudo de otro tipo, y, tal vez, no pueda evitar excitarse mientras tanto.

Fin de año con Pallús

Toda celebración donde exista la asociación Pallús y alcohol siempre va a ser digna de destacar, por eso la noche de fin de año no podía ser una excepción. Y es que nadie podría adivinar a simple vista que este chaval rechonchito y de apariencia mucho más reservada de lo habitual (hasta el punto de que muchas veces pensamos que es algo autista) pueda llegar a transformarse de semejante manera con el alcohol, siendo protagonista de historias como la que viene a continuación.


Pallús, antes de caer en el oscuro mundo de las borracheras.

Aquella noche todo iba viento en popa, todo eran risas, alcohol y fiesta. Hasta que al bueno de Pallus le entra un bajón. Entra en el lavabo y allí mismo le da un amago de desmayo. Entre Bosko y Gaikel, dos de sus amigos, se lo llevan fuera de los lavabos para que se ventile un poco. Pallús apenas reacciona. Hay que actuar. Antes de tomar cualquier decisión recurren al cuarto del grupo, Lopis, que al verlos empieza a vociferar visiblemente “alegre”: “¡he triunfao!, ¡he triunfao!”, y no les presta la menor atención. Bosko y Gaikel, alertados por la gravedad del asunto (la cara de Pallús no hacía más que palidecer) deciden tomar cartas en el asunto de inmediato y llaman a una ambulancia.
Gaikel, ante la decisión de Bosko de quedarse para rematar la faena con una hembra a la que llevaba toda la noche acechando, es el único que acaba acompañando al pobre Pallus hasta el hospital.

Al llegar al hospital, el personal sanitario enseguida acude a socorrer a Pallús. Pero justo en el momento en que le están inyectando el suero, Pallús despierta sobresaltado, mira a la enfermera, y grita: “¡¡Qué haces, puta!!”. Las enfermeras, lógicamente, se quedan perplejas ante semejante acción y vuelven su mirada hacia su amigo, Gaikel, intentando buscar alguna explicación. Gaikel, que sólo puede pensar en aguantar la carcajada, no articula palabra.
Poco después dejan aparcado a Pallús, que va en silla de ruedas, en un rincón, sin ninguna explicación. Su estado es sencillamente caótico: vomita con la cabeza hacia arriba provocándose el ahogo. Gaikel, harto de esperar mientras contempla aquel panorama, pregunta si se lo puede llevar. Le dicen que sí, pero tendrá que devolver la silla de ruedas. Al momento telefonea a Lopix y a Bosko, pero ninguno de los dos contesta. Así que coge a Pallús y la silla de ruedas, y se larga del hospital por su propio pie. Pallus, que ha perdido totalmente la facultad de hablar o gesticular, no opone la menor resistencia para que no lo saquen de allí, aún teniendo en cuenta el delicado estado en el que se encuentra.
Al salir del hospital, unos metros más alante, divisan una gran rampa que se avecina. Pallús es un chico bastante gordo, llegando a pesar más de cien kilos, y Gaikel, en aquel momento, un tipo demasiado cansado y debilitado por el exceso de alcohol y el transcurso de toda una noche. Dicha combinación provoca que a Gaikel se le resvale la silla de las manos y Pallús empiece a bajar cuesta abajo a una velocidad digna de una contrarreloj del Tour de Francia, hasta chocar contra una cera y salir despedido de la silla.


Pallús en los exteriores del hospital pillando la rampa.

Gaikel se lleva las manos a la cabeza, pero le queda poco tiempo para pensar. Recoge a su aun más malogrado amigo, que apenas consigue moverse, y decide llevarlo de nuevo al hospital y dejarlo donde estaba, así de esta forma podía escurrir el bulto.
Una vez en el hospital, por fin, consigue contactar con Lopix que finalmente acude hacia allí.
Esta vez es el mismo Lopix quien se encarga de coger la silla y sacar a Pallús del hospital. Pero al llegar a la misma rampa en la que Gaikel había perdido el control de la silla de ruedas donde descansaba Pallús, Lopix es quien no puede dominar la silla y se le resvala de las manos. Pallús, una vez más, empieza a bajar cuesta abajo a una velocidad endiablada, hasta empotrarse contra la misma cera que en el accidente anterior, saliendo despedido, una vez más. Vuelven a recogerlo, esta vez ya más muerto que vivo.

Bajo una mezcla de cansancio acumulado y desesperación, sólo se les ocurre empezar a dar vueltas por Andorra (allí estaban celebrando la noche vieja), donde la temperatura era de menos cinco grados, intentando que Pallús recobre el conocimiento. Al final, Lopix decide llamar a Bosko -su ídolo y amor inconfeso- y largarse de una vez por todas al hotel, cansados y hartos de seguir pasando frío. Quedan en un sitio y Lopix acude a pie hasta el lugar donde éste le espera (Bosko es quien lleva el coche). Pocos minutos después, Bosko aparece en el mismo sitio donde Gaikel espera junto a Pallús, en lugar de esperar a Lopix en el sitio acordado (algo típico de Bosko). Gaikel y Pallús, quien parece haber recobrado un poco el conocimiento, suben al coche, tiran la silla de ruedas a tomar por culo, y arrancan. Más de veinte minutos después se presenta Bosko, con los otros dos, en el lugar donde Lopix estaba helándose como un completo gilipollas mientras esperaba.

Los cuatro amigos aterrizan por fin en el hotel. Dos de ellos se acuestan mientras recapitulan en su cabeza todas las escenas pallusiles acontecidas aquella noche, otro, pensando en la hembra que se había acabado tirando, y el bueno de Pallús, una vez más, yace dolorido en la cama, a punto de encarar el nuevo día que se avecina sin entender de dónde proceden esos golpes y magulladuras que cubren su cuerpo.