Cenas de empresa y similares

El pasado viernes tuvo lugar en mi empresa la acostumbrada cena típica de estas fechas, lo que conlleva todo un cúmulo de personajes arquetípicos de este tipo de reuniones, y que, a continuación, me gustaría citar. 


El momento de la cena. Posiblemente el único momento de unión a lo largo de la noche.

–Los que llegan tarde. Aquí podríamos incluir al 96% de los que acuden a la cena. Es norma en este tipo de celebraciones acudir de una a dos horas más tarde de la hora prevista, incluso en esta última en la que yo estuve más de la mitad de los comensales se presentaron pasadas dos horas y media de la hora acordada. Protocolo en estado puro.

–El chistoso. El típico que siempre se me sienta al lado en estas cenas. Trae aprendido todo un repertorio de chistes y paridas sacadas de Internet. Al principio incluso te puede llegar a hacer cierta gracia, pero cuando comienza a repetirse -casi siempre debido a la ingente cantidad de alcohol que ha ingerido-, sumado al cansancio que, debido al transcurso de la noche, comienza a hacer mella en tu cuerpo, llega a  resultar insoportable.


Boquepacha, ¿te he contado ya el de por qué los de Lepe se corren en los buzones? Jar!!

–El que se encuentra a los amigos. Suele ser costumbre en estas cenas acabar en algún pub o discoteca, y, por consiguiente, que alguno de los del grupo se encuentre a amigos a los que, al tener más relación que con los compañeros de la cena, terminará por acoplarse. Al cambiar de local él se quedará con la excusa de que llevaba tiempo sin verlos, y el resto continuará su rumbo preparado para seguir acumulando bajas.

–Los rajaos. Éstos nunca pueden faltar en cualquier celebración. Se largan antes de lo previsto empujando a otros que aguardaban indecisos a aprovechar para hacer lo mismo, lo que deja al pelotón repleto de bajas y listo para empezar su particular debacle.

–La que llora. El sexo femenino, especialmente, es propenso cuando ha bebido más de la cuenta a plantearse serias dudas o acabar haciendo alguna confesión mientras se pone especialmente sensible, lo que provocará que al final termine llorando; así que en este tipo de celebraciones no podía faltar esta típica estampa.


Mieerda, por qué he bebido más de la cueenta… y por quéee la vida me trata asíii… *snif!*

–El/la que divide el grupo. Como bien dijo Jorge en la última cena a la que acudí, es imposible que dentro de un grupo todos se pongan de acuerdo por mucho que lo intenten, pero aun resulta más difícil cuando a alguien, casi siempre en estado de embriaguez, impone como único objetivo acudir a un local determinado, aunque esto suponga pagar para una hora. Estos tipos o tipas son los mismos que provocan la típica situación en la que todo el grupo sale del local donde estaba y una vez fuera nadie comprende por qué está ahí. Ese instante de desconcierto es el que aprovechan estos sujetos para llevar a cabo su particular misión: crear la división total en el seno del grupo.

A partir de aquí lo más probable es que cada uno vaya por su lado y el grupo acabe dividido del todo y reducido al máximo. Unos acabarán largándose para casa hartos de discutir, otros incluso es posible que acaben sucumbiendo al/la aguafiestas de turno que ha pegado el último golpe de gracia a la unidad del grupo, y el resto acabará la noche sentado en algún coche o en algún portal fumándose unos porros. En fin, la unidad en las cenas de empresa y demás celebraciones por el estilo, la verdadera misión imposible

La bragueta

Esta mañana he salido de casa de lo más tranquilo. Como de costumbre, con las manos metidas en los bolsillos de mis tejanos para protegerlas del frío. Me he metido en el metro que, como casi siempre, estaba a reventar de gente, lo cual me ha obligado a buscar un hueco en el que poder apoyarme durante el trayecto. Al rato, he mirado hacia abajo -sin ningún propósito concreto- y me he dado cuenta de que llevaba la bragueta abierta, de par en par, de una forma exagerada, debido a que mis manos descansaban en los bolsillos provocando que el pantalón se tensara y obligase a la bragueta a abrirse más de lo normal. A sabiendas de que estaba rodeado de mucha gente, ha empezado a rondar por mi cabeza la posibilidad de que más de uno se hubiera percatado de aquello -como para no hacerlo. No tenía otra elección que la de ponerme manos a la obra cuanto antes para subsanar semejante descuido, y, a poder ser, con la mayor maestría y elegancia. Aunque, lamentablemente, había un pequeño problema… La bragueta era de botones, y es más difícil realizar la acción en un abrir y cerrar de ojos sin que parezca que estás haciendo algo raro. Finalmente, decidí ejecutar la acción con la mayor naturalidad posible, sin pensar en ello, como si estuviera haciendo la cosa más normal del mundo. Es la mejor manera de evitar miradas indiscretas, aparte de las que ya pueda haber, ya que si haces algo como un tipo raro, la gente puede observarte, pero si actuas con normalidad, sueles pasar desapercibido. Y de esta manera, botón por botón, e intentando ir lo más rápido que pude dentro de mis posibilidades (no me considero demasiado habilidoso con las manos) empecé a subirme la bragueta. Ni siquiera me importaba demasiado si estaba mirando o no la chica que estaba justo enfrente de mí -o al menos así lo hice notar- muy arreglada y coqueta ella, y que escuchaba uno de esos aparatos de mp3, a un volumen que podría escuchar perfectamente un sordo sin necesidad de ponerse auriculares. Cuando terminé de subirme la bragueta, entonces sí, la miré, primero a ella, para ver si podía leer en su cara que me había visto, pero no me lo pareció, y acto seguido al resto de personas que había a mi alrededor. Unos tenían la vista perdida, o miraban hacia abajo (es posible que quisieran disimular, quién sabe) Otros, toqueteaban el móvil o estaban demasiado dormidos como para percatarse de que alguien tenía la farmacia abierta. Es muy posible que nadie se hubiera dado cuenta. Y si lo habían hecho, disimulaban muy bien. Y no me extrañaría nada, puesto que por todos es sabido que la sociedad tiende cada vez más a hermetizarse y a tener menos en cuenta los problemas de los demás. Si es que ya uno no puede llevar la bragueta abierta sin que alguien mire, cuchichee, se ría, y esas cosas. O mucho menos aún, que se preocupe por él y le advierta con un gesto, o con dos sencillas palabras: “tsse… la bragueta”.

El típico post por Navidad

Han bajado las temperaturas en picado, lo cual es síntoma inequívoco de que sí, al fin llega la Navidad. La época que acapara mayor número de contradicciones. Por un lado, es la más entrañable y bonita para estar en familia, por otro, es la peor para estar solo. También es una fiesta consumista hasta resultar vomitiva, pero poseedora de esa ilusión de recibir cariño ajeno. Una época pastelosa a la vez que entrañable por los recuerdos que nos trae de la infancia.

 
Navidad, época de cogorcias y felicidad.

Y que yo soy otro consumista más alienado por estas fechas lo demuestran hechos tan simples como que el otro día fui a un bazar chino a investigar sobre los últimos artilugios navideños. Al entrar, enseguida salió a mi paso una china intentando encalomarme alguno de los horrendos arbolitos navideños que tenía expuestos. Yo, intentando despistarla, le dije educadamente que ya tenía uno, pero ella aún así no cesaba ni un momento en su empeño. Intenté quitármela de encima usando técnicas como centrar mi atención en otras cosas, mirando fijamente unas luces que había colgadas del techo, la china muy atenta a cada movimiento, me miraba sonriente con cara de “es Navidad, y pol eso me vas a complal”, y pasó de inmediato a venderme lucecitas navideñas. A mí sólo se me ocurrió contrarrestar su ataque diciendo que no tenía balcón donde ponerlas. Así que acto seguido, pasó a mostrarme toda la variedad de modelos que tenía para interiores (la muy…)

-Son muy grandes, no tengo espacio- insistí.
-Miral ésta, yo tenel más pequeñas todavía.

Pero la abnegada china -no precisamente una de las más atractivas que he conocido- renunciando a pillar la indirecta, continuaba sonriente y volcada en su labor de intentar venderme algún objeto navideño como fuera. Hasta que, aprovechando la entrada de un tipo al que debía atender, pude escapar ipso facto (me cuesta mucho decirles que no a la primera de cambio y cortarles el rollo a los vendedores convencidos de que les voy a comprar). Una vez fuera de la tienda, me di cuenta de que la china me había convencido. Así que fui a otro sitio a comprar el árbol  a otra tienda. Y es que, dejando a un lado lo feos que eran los de los chinos, no soporto los vendedores que intentan convencerme de que compre casi a la fuerza, y es precisamente en estas fechas en la que pueden aprovechar para sacar a flote el espíritu navideño que todos albergamos, cuando es más fácil encontrarlos. 
De hecho por alguna estúpida razón la Navidad tiene la exclusividad de la bondad, la solidaridad y demás valores éticos y altruistas. Sólo en esta época, mucha gente parece sentirse más bondadosa, educada y amistosa que el resto del año.

 
Navidad, una buena ocasión para apadrinar. A una negra subsahariana como ésta, por ejemplo; será pobre, pero anda que no está macizorra la tía.

Yo mismo, sin ir más lejos, conocí un caso bastante exagerado. En el bloque donde vivía, la vecina del primero era una vieja gorda, gruñona y sucia que siempre se enemistaba con buena parte de la vecindad. Se cabreaba de forma desmesurada por tonterías, como, por ejemplo, si se nos había caído algún juguete de nuestro balcón al suyo (yo y un amigo le llamábamos cariñosamente: Mercedes, el sapo, y la imaginábamos agazapada tras el toldo que cubría una pequeña parte de su mugriento balcón, esperando a que cayera alguna joven víctima para cazarla con su larga y viscosa lengua). Pero al llegar la Navidad, a Mercedes, le cambiaba la cara por completo. Si nos veía en el portal, a mi hermana o a mí, nos daba caramelos y nos pedía que le diéramos un beso -no podéis imaginar lo desagradable que resultaba, olía fatal-, además, como cada año, nos hacía responderle, casi obligados, a la targeta navideña que nos hacía llegar vía postal. Y eso que siendo nuestra vecina nos la podía meter directamente en el buzón. Pero, donde no hay.

Lo peor de estas fechas, es que a medida que vas haciéndote mayor apenas vislumbras ya en ella un sólo atisbo de magia, de aquella que antes te ilusionaba sobremanera. Muchos, además, se llevan la peor parte, la de pasarlas en soledad. Porque en estas frías fechas, donde se pone especial énfasis en todo lo referido a ternura y calor humano, el estar solo es lo equivalente a una puñalada trapera en el costado. Y con estar solo no me refiero tan sólo a no tener compañía de amigos y familiares (y basta de asociar soledad con “no tener compañía”), sino, sobre todo, a aquello que llegada cierta edad puede hacerse insoportable: no tener la compañía de alguien que llene tu lado afectivo y esté a tu lado en todo momento.

Y al fin, llegamos a la celebración con un mayor cúmulo de excesos de esta festividad: la noche vieja. Ésa en que, debido a los excesos de todo tipo y las juergas con colegas, tener pareja ya no se hace tan necesario. Pero claro, solemos adaptarnos a las fechas, no las fechas a nosotros. Excepto el caso de algún friki de mi pueblo, ya mítico entre nuestro círculo de amigos, de nombre Beto. Un tipo capaz de no acudir a la celebración que habíamos organizado en casa de un amigo por noche vieja, y donde aunque pareciera mentira hasta había mujeres, poniendo como excusa que había decidido quedarse en casa aprovechando que en fin de año Internet iba más rápido.

Poco más que añadir a este post, sólo que es posible que me lo tome para hacer un breve descansito festivo hasta el próximo año que ya está al caer. Aunque, conociéndome, no es de extrañar que me entre el mono y vuelva a postear de aquí a fin de año. Al menos aprovechar, eso sí, para desearos a todos unas felices fiestas y una buena entrada de año.


¿Aprovechará un fin de año más Beto para quedarse en casa y descargar más rápido de Internet?

(PD.- Esta foto me parece sencillamente insuperable)